La hermana Irma Bulux, religiosa guatemalteca de las Misioneras Agustinas Recoletas, quien durante cinco años entregó su servicio pastoral y social en esta tierra andina. Su testimonio sintetiza un camino personal de misión, asimismo la historia viva de una congregación que lleva 37 años sembrando fe, esperanza y acompañamiento en el territorio.
Una llegada que marcó un antes y un después
La hermana Irma recuerda con claridad el día en que puso pie en Ecuador: 21 de diciembre, fecha que asegura jamás podrá olvidar. Apenas un día después ya estaba en Guamote, sin conocer aún el territorio, la lengua, ni las costumbres que con el tiempo se convertirían en parte de su vida.
“Yo siempre digo que una misionera debe estar disponible para donde Dios la envíe”, relata. Su adaptación implicó desafíos, especialmente por el uso del kichwa en las comunidades. Aunque no logró hablarlo fluidamente, aprendió a comprenderlo en lo esencial, especialmente en reuniones pastorales y convivencias con los taitas y catequistas.
La misión que transforma vidas
Su labor estuvo marcada por la evangelización, la presencia cercana en las comunidades y especialmente el trabajo con adolescentes y jóvenes desde ARCORES, organización vinculada a proyectos de prevención de violencia, embarazo adolescente y acompañamiento educativo.
Gracias a este esfuerzo, varias jóvenes —muchas madres adolescentes, algunas víctimas de violencia— lograron culminar el bachillerato e incluso alcanzar estudios de tercer nivel. Son cerca de 18 profesionales que hoy llevan consigo el fruto de esa semilla sembrada.
“Yo no me llevo nada —dice la hermana con humildad—. Todo lo que se logró fue gracias a la congregación, a los aportes de personas generosas en España, y al esfuerzo inmenso de cada joven”.
Recorriendo Guamote y sus comunidades
Durante su misión visitó decenas de comunidades, tanto del territorio de Guamote como de sectores de Palmira y Cebadas. En su memoria quedan grabados los paisajes, las tradiciones, la calidez de la gente y la hospitalidad incomparable que encontró en cada visita.
Entre sus anécdotas más significativas destaca la pampa mesa, práctica comunitaria que la cautivó por su profundo simbolismo de unidad y compartir. También recuerda con cariño los almuerzos improvisados en las comunidades, especialmente los cuyes preparados con cariño en agradecimiento por la visita.
La feria de Guamote: un mundo que se transforma
La feria también marcó su experiencia. Le sorprendía ver cómo el pueblo cambiaba totalmente cada jueves, llenándose de comerciantes, viajeros, colores y diversidad cultural. Aprendió palabras nuevas, nombres distintos para frutas y verduras, y vivió ese intercambio como una oportunidad más para comprender la riqueza del Ecuador.
La misión espiritual: un llamado para todos
Uno de los mensajes más firmes de la hermana Irma fue la importancia de fortalecer la fe, aprender a rezar y no depender siempre de la presencia del sacerdote o de las religiosas. Reiteró que la falta de vocaciones en Ecuador y en el mundo exige que los laicos asuman un papel más activo.
“Buscamos a Dios como un bombero: solo cuando hay incendios en nuestra vida. Pero debemos buscarlo siempre: en la alegría, el dolor, la tristeza y la esperanza”, enfatizó.
La hermana invitó a las familias a rezar por las vocaciones, a participar en la eucaristía dominical y a asumir su propia misión dentro de la iglesia.
Un legado que permanece
Con humildad, reconoce que su paso por Guamote no fue solitario, sino parte de una cadena de servicio de muchas hermanas que durante décadas han acompañado al pueblo. “Yo solo soy una parte muy pequeña de esta historia”, dice, recordando a quienes pasaron 10, 15 o incluso 20 años en esta tierra.
Sin embargo, la comunidad reconoce en su voz, su acompañamiento y su palabra de aliento —ese constante “ya pasará”— una huella indeleble en sus corazones.
Despedida con gratitud
Antes de partir a Guatemala, la hermana Irma agradeció a cada familia y cada comunidad que la acogió:
“Ustedes fueron mi familia aquí. Nosotros estamos lejos de casa, y la familia que encontramos en la misión es la que nos sostiene. Gracias por abrirnos sus puertas y su corazón”.
Con lágrimas, gratitud y profunda fe, Guamote despide a una mujer que no solo acompañó procesos sociales y pastorales, sino que dejó sembrada una semilla de esperanza, unidad y servicio que perdurará por generaciones.

