Su vida: una mujer sencilla, fuerte y de fe
Hablar de Juana Correa es hablar de una mujer guamoteña que encontró en la cocina una manera de servir a los demás y sostener a su familia. Nació en tiempos en que la vida rural exigía esfuerzo, paciencia y corazón. Desde joven, aprendió el valor del trabajo y la solidaridad, siempre guiada por su fe. Sus hijos —Juan Carlos, José Luis, Mario, Mayra y Pedro— la recuerdan como una madre amorosa, pero firme, que enseñaba con el ejemplo: levantarse temprano, agradecer a Dios y trabajar con honestidad.
Su legado en la gastronomía guamoteña
El legado de doña Juana no solo se mide en recuerdos, sino en sabor y tradición. Aprendió a cocinar de la mano de Pedro Miranda, un reconocido cocinero que trabajaba en los tiempos del tren, y con él descubrió los secretos del maíz, de los granos tiernos, del horno de leña y de las manos que amasan con fe. Con los años, ella misma enseñó a sus hijos y nietos, transmitiendo las recetas y la sazón de la comida típica de Guamote.
Su esposo, don Luis Marcelo Guamán, aprendió el oficio de la cocina, “mi esposa me decia algún día me he de morir”, por eso, continuan ellos manteniendo la sazón en cada plato.
Vivencias: así se hacía la colada morada
Sus hijos narran con nostalgia aquellos días en que la casa se llenaba de humo, risas y aromas. “La colada morada se hacía con leña, había que madrugar y no dejar que se corte”, cuentan. Mientras el maíz negro hervía lentamente, ella supervisaba cada paso: el mortero para las frutas, el toque de la canela, el clavo de olor, las hojas de ishpingo que perfumaban el aire. “No se apuren, dejen que el tiempo haga su trabajo”, solía decir.
A su alrededor, todos ayudaban: unos pelaban la piña, otros revolvían el líquido espeso que teñía de morado las cucharas. En esos momentos, la cocina se convertía en un espacio de encuentro familiar. “Mi madre decía que la colada morada no solo alimenta el cuerpo, sino el alma, porque en ella se pone amor, memoria y oración por los que ya partieron”.
Los consejos que dejó: el sabor del corazón
Más allá de las recetas, doña Juana Correa dejó enseñanzas que hoy guían a sus hijos en la vida. Les repetía: “Sean humildes, respeten al prójimo, no hablen mal de nadie y trabajen con sus propias manos”. Decía también que “la comida sabe diferente cuando se cocina con agradecimiento”. Su cocina fue escuela y su mesa, un altar donde se honraba la familia, la fe y la comunidad.
Hoy, sus hijos continúan preparando los mismos platos que ella les enseñó. Cada vez que encienden el fuego o amasan el pan, recuerdan su voz firme y dulce, corrigiendo con cariño, animando a no rendirse.

