En la comunidad Santa Cruz de Guamote encontramos a Luis Alfredo Yangol, conocido también como llakta michik. Su historia es un reflejo de la memoria viva del pueblo, marcada por la sencillez, la lucha constante y, sobre todo, la fe.
Desde muy pequeño, Taita Luis enfrentó una niñez dura. La escasez de agua, la falta de luz eléctrica y las limitaciones económicas eran parte del día a día. Recuerda que su infancia transcurrió entre las tareas escolares, el cuidado de los animales, cargar agua y recolectar leña de los bosques. A pesar de las dificultades, sus padres, don Luis Alberto Yangol Carguachi (+) y doña María Andrea Naula Lluco, le inculcaron valores que marcaron su vida: la gratitud, la fe en Dios y el trabajo comunitario.
Con apenas 13 años, la necesidad lo llevó a Quito, donde descubrió la dureza de la vida en la ciudad, trabajando en oficios pesados para poder subsistir. Sin embargo, esas experiencias le permitieron valorar aún más las raíces de su tierra natal.
Al llegar a la juventud, formó una familia y se integró en la vida comunitaria. En Santa Cruz, ser comunero no era solo un título: significaba compromiso. Fue secretario, tesorero y presidente de la Junta de Agua. Participó activamente en las festividades religiosas y tradicionales, y poco a poco fue ganándose el respeto de su gente.
Pero su destino dio un giro en 2007, cuando un accidente laboral casi le arrebata la vida. Las secuelas lo marcaron físicamente, pero ese hecho se convirtió en una oportunidad de transformación. En medio del dolor, encontró un camino más profundo en la fe. “Le pedí a Dios que me dejara vivir, aunque sea con limitaciones, pero que me quitara el dolor. Y Él me escuchó”, recuerda conmovido.
Ese fue el inicio de una nueva etapa: convertirse en catequista y servidor de la pastoral indígena. Desde entonces, ha acompañado a su comunidad en la vida espiritual, compartiendo su fe y el aprendizaje que le dejaron los momentos más difíciles.
Hoy, Taita Luis se define como un hombre agradecido. Reconoce que cada circunstancia; la pobreza de su niñez, la migración a la ciudad, su accidente, fue parte de un propósito mayor: descubrir su misión de vida y servir a los demás.
Su mensaje a la juventud es claro y contundente:
“Aprovechen la oportunidad que tienen de estudiar, escuchen a sus padres y pongan todo en manos de Dios. El servicio es la clave, porque solo así Dios nos da el pan de cada día. La vida tiene momentos de dolor y de alegría, pero todo tiene un tiempo bajo el sol”.
La historia de Taita Luis Alfredo Yangol es un testimonio de resistencia, fe y amor por su pueblo. Un santacruceño que, con humildad, nos enseña que incluso en medio de las pruebas más duras, se puede encontrar una misión más grande: servir y mantener viva la identidad de la comunidad.

